domingo, 22 de noviembre de 2009

La niña, la carretera

La pequeña niña se había quedado en un cafetín de carretera, en el medio de la nada de un lugar seco y paisaje semiárido. Era de noche en la estación de gasolina.

Tres pasajeros iban en un deportivo negro cuatro puertas de segunda mano. Viajaban a no sé dónde, ni el conductor sabía su destino. Pocos vehículos se cruzaban en el camino, el reloj en el tablero del deportivo marcaba las 11 y 39 de la noche. Al borde de la carretera abundaban los cujíes, cáctus, maleza, eso era lo que iluminaban los faros del carro. Decenas de mariposas y polillas se estrellaban contra el parabrisas ensuciándolo con sus líquidos espesos y viscosos. Los ojos del piloto y la copiloto se cerraban a intervalos, los estaba venciendo el sueño, el silencio por la falta de radio y el aire fresco de la noche.


Una niña dormía desde hace horas en el asiento trasero. Al poco tiempo divisaron una estación de gasolina. Un neón de color rojo, que se encendía y apagaba intermitentemente, anunciando servicio las 24 horas. El auto se detuvo levantando una gran polvareda, justo al lado de un viejo surtidor que al menos tenía 40 años de antigüedad. Al mismo tiempo la copiloto, la madre de la niña que dormía en el asiento trasero, bajaba del auto. Despertó a la niña, la cargó en brazos, con uno de sus pies empujó la puerta y la cerró. El carro se estremeció del portazo, el piloto se enojó un tanto disparando un sarcasmo, ella no le prestó la menor atención y se dirigió hacia el cafetín en busca de un baño. Una vez adentro una mujer de mal aspecto le indicó, alargando un hueso más que un dedo, donde se encontraba el tocador de damas. La puerta chirrió al abrirse, parecía quejarse, daba la impresión que nadie había entrado en años. Ambas orinaron. La madre limpió a la pequeña, le subió la pantaletita y el jean estampado con mariposas de colores. Le puso un suéter rosa; la noche era despejada y el cielo tapizado de estrellas indicaban que se encontraban muy alejados de centros poblados, de urbes cosmopolitas. La luz artificial no entorpecía la magia del oscuro cielo, que mostraba la belleza de millones de destellos. A pesar de que la zona era semiárida, en las noches bajaba una barbaridad la temperatura. Le ajustó uno a uno los botones del suéter de lana, le sonrío, le besó la mejilla y la apretó contra su pecho, la subió al lavado, se miraron al espejo manchado por tantos años, y sus imágenes se desdibujaron un poco, pero se fundieron en una sonrisa.

A los diez minutos el conductor hizo sonar un par de veces la corneta del carro, un toque más largo que otro; más que un llamado de alerta parecía una señal. La madre miró a su chiquita directo a los ojos, le decía algo con la mirada, ésta sonrío tiernamente. La abrazó de nuevo como si fuera año nuevo, como si tuviera una vida que no la veía, se dio la espalda y dudó. Se repuso, le dijo que esperara un momento allí arribita, que luego venía con ropa para cambiarse, - ¡ya!, ¡ya!, rapidito le dijo -, y la dejó sola en el sucio baño de carretera. Una lágrima se le escapó a la madre. Era una mujer joven, de unos 22 años, delgada, de cabello negro como la noche, ojos café que aromatizaban su hermoso rostro blanco perla. Sus labios los apretaba tanto, tanto contra sus perfectos dientes, que comenzaron a sangrarle. Se cerró tras de sí la puerta del baño. Alcanzó a paso apresurado el carro, se subió, cerró los ojos, el piloto estiró el brazo y la acercó a su regazo.

La niña escuchó a lo lejos un intercambio de palabras, parecía un débil susurro, voces de un sueño. El piloto se despedía de los dependientes. El sonido del motor del deportivo rugió, el carro avanzó y los cauchos del deportivo aplastaron granos de arena y piedrecitas que el viento arrastraba y depositaba junto a los surtidores de gasolina, produciendo un crujiente ruido como de cereal, se alejaban de la estación para recorrer nuevamente la soledad de la carretera. Treinta segundos después, el bocinazo típico de un camionero quebrantó la paz de la noche, dinosaurio metálico que recorre las carreteras casi sin dormir y va tragando asfalto como si lo persiguiera el diablo, y de seguidas un gran estruendo. Unos pasos apresurados, gritos de urgencia, carreras de los dos hombres y la mujer que atendían la añeja estación, el café de carretera. La niña abrió la puerta del baño, nunca supo que ella era el motivo de la parada del olvido y que su madre al abandonarla murió dos veces.

original de Janos65

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