sábado, 28 de noviembre de 2009

Circo

Llega una caravana armando gran revuelo, platillos estridentes, parafernalia. Más que un grupo de diversión, parecen vendedores de mercancías.

El presentador grita su anuncio, lo hace pomposo. En grandes letras desvencijadas se anuncia aquel gran sueño que tuvo, el circo con la carpa como mundo y jamás puso un pie más allá de su tierra, ni avizoró carteles en otras fronteras, ni siquiera traspasó las alcabalas de su mente para entrevistarse en otras lenguas.

Intentó atrapar un hombre lobo, pero no buscó en el bosque denso y profundo. Sólo llegó a contratar un barbero que atendía un solo cliente; cada cuatro domingos.

Suena un organillo y baila el monito capuchino con su tacita de latón. El organillero gira la manivela sin ver el baile, ya son un millón de veces el acto repetido y en su mente saca cuentas de las deudas, de quién tocará la puerta en su ausencia. Se instala el cirquillo de carreta en el medio de la plaza. Medios actos de malabaristas, un traga fuego que se quema la barba corre en volandas mientras arde el mal talento del acto de pueblo, magia accesible para todos.

La fantasía barata siempre es una mala ilusión, y un elefante desnutrido es la representación de la miseria de los asistentes. Aplauden la tristeza de una pata atada a una cadena con estaca fija clavada al suelo. Se vende la boletería de los sueños fallidos, de los espectadores mal vestidos, atados al conformismo de su existencia. Larga cadena que llega hasta los límites de su pueblo, que no va más allá de sus partidas de nacimiento.

Y la tarde pasa lenta con actuaciones incompletas, aplausos desganados son ecos de las promesas hechas hace muchos años. Promesas escritas en barro, borradas por el paso indiferente del día a día.

El monito Capuchino se pasea entre los cuatro gatos que asisten. Los chillidos insistentes del monito de latón, del dame algo por favor. Cuatro monedas suenan vacías en el bolsillo del organillero que se siente muy cansado, y llora amargado el fin del acto.

El presentador interviene y llama un payaso. Pintarrajeado, mueca de sarcasmo, hace de mimo, risa en silencio, carcajada fingida. Su nariz roja está hinchada de tanto polvo, de colores artificiales, de tantos pueblos desolados. Sus ojeras disimuladas por el blanco maquillaje parecen dos bolsas de desperdicios donde se depositan sus lágrimas, están allí contenidas, tantos años, tantos fracasos. Zapatos enormes donde guarda la vida de sonrisas conseguidas en todos sus viajes, aún queda mucho espacio.

Recogen la carpa, muere el elefante de tanta inanición. Ríe el payaso y el organillero persigue a su monito en su faceta de ladrón, que se pierde con sus cuatro monedas entre los árboles esqueléticos del pueblito sin regreso.

Última parada de la carpa del mundo. El presentador se arrodilla, mira al cielo, saca su pistola de utilería, y se pega un tiro de mentira, igual le mata toda la ilusión de los sueños que tenía. Nunca pensó ser gigante, siempre se quedó entre las carpas de su existencia, sin asomar su nariz, sin sentir que podría anunciar el gran éxito de su vida.

original de Janos65


2 comentarios:

Attila dijo...

Muy bonito.......Adelante !!!!

Juan Csernath dijo...

ah, gracias al fin pudiste colocar un comentario... millones de gracias de los monitos capuchinos, jajaja!