sábado, 21 de noviembre de 2009

La casa de carolina 1













Aquella vieja casa de los años cuarenta
levantada sobre una antigua hacienda,
al fondo un río, en ese entonces cristalino,
calle de cemento, faroles y vecinos.
así la recuerdo, de cuando era pequeño,
un murito de piedra gris y una verja negra
por donde marchaban los bachacos café,
coquitos, saltamontes y avispas negras.

Un pequeño jardín de grama verde intenso
donde los sapitos cantaban a destiempo:
Un wui allí otro más allá, debajo de la tierra
no lo podíamos hallar, saltaban al sentirnos,
diminutas pisadas de cinco niños
y la abuela nos gritaba, - ¡a mí no pisen la grama!-.

En el hall de entrada, antes de dar una campanada
un hermoso piso, rojo y ocre, de granito.
Un diseño triangular armonizaba con la abuela
y dos grandes ventanales como ojos auxiliares,
miraban a la calle, ausentes, distantes, dos cuencas gigantes.

Para tomar el fresco, dos sillas tejidas con tiras de colores,
plástico resistente y estructura de delgada cabilla.
Una mesita, muy sencilla, con tope de vidrio y una matita.
Un tecito negro, para acompañar la tarde, y una galletita.

Más allá un corredor que llevaba al tinglado,
antes una puerta por si acaso llegaba un no invitado.
Esa puerta de metal siempre la pintó de azul,
azul como el cielo del valle de Caracas,
como el cielo del altar de sus santos,
como el cielo donde ahora ella mora,
donde está con su madre
donde regaña, como nos contaba, a su padre.

Ya adentro en la sala, dos sofá de los sesenta
nada pop, ni de mucho color,
el primero que encontrabas
era azul rey como una joya deslumbrante,
otro ocre y largo como la tierra de oriente.
El piso de granito ocre y rojo, brillante como el oro,
cuidado mejor que a un niño, mimado con cera
para darle con el puño y una esponja de lustrillo.
Así cuidaba Carolina sus pisos,
¡ay de aquel que arrastrara los pies!,
o del que osará lanzar un papel,
o con el tacón de un zapato rayarle su joya de oropel.
Cada cosa en su lugar, ni un poquito más allá
ni un centímetro más acá, todo estaba pensado
con tal precisión que parecía ordenado con un tiralíneas
y si lo movías, aunque Carolina estuviese arriba,
lo sabría de ipso facto con su respectivo trancazo.

Un seibó, más añejo aún, de los modernos cincuenta
de deslumbrantes paneles rojos y crema, tres gavetas
y un cristal para dejar traslucir copas, vasos y servilletas.


Debajo del seibó, un piso de caico rojo
y hacia el fondo un desván o un closecito
donde guardaba pinturas, cachivaches y hasta un osito.

La cocina muy pequeña, pero allí el aroma queda
de aquellos caldos de gallina que sólo sabía hacer ella,
¡fin de año en casa de la abuela!,
toda la familia junta saltaba en un abrazo
al sonar por Rumbos aquel campanazo.

Un corcho que volaba, una lágrima que se escapaba
y la abuela que soñaba que otro año ya no daba,
-¡sí, yo te aviso chirulí!-, la abuela además no se acostaba
conversandito se quedaba hasta que el amanecer le alcanzaba.

Y en la cocina un gran y ancho portón,
te cerraba el paso al patio y al limonero.
Piso recubierto de granito gris, hojas, matas y latón,
siempre daba el sol de lleno a su querido limonero.
Tantas veces le sacudimos, para que cayeran verdes limones
y caían al suelo acompañados de bichos, chinches de monte,
y además el tío Alfredo Emilio que con su llamado inocente:
-¡Santitoooo!-, nos ponía a recoger limones.

¡Y en ese patio como nos bañamos!, dentro de una ponchera
como si fuera un cuarto de baño, una piscinita, de una manguera
salía agua caliente, luego tibia, nunca fría, de recibir tanto sol
hasta que la abuela Carolina gritaba desde su cuarto:
-¡mucho descontrol!-

Las matas de todo tipo reinaban en su traspatio:
El limonero el rey, los súbditos: los geranios,
orégano orejón, mediecitos, y enredaderas,
árbol de guanábana, los rosales sus princesas,
todas sembradas en potes, masetas, tobos, latones, cajas de madera.

Pero lo que más me gustaba del nivel de abajo
era la puerta principal de madera labrada e impenetrable,
maciza como su carácter, protectora como su -¡carajo!-,
espíritu fuerte, mujer caraqueña indomable.

original de Janos65
A mi abuela con amor, por los años de cobijo, por tanto regaño, por tanto afecto…

5 comentarios:

Attila dijo...

Excelente descripción, me encantó.

bibiana dijo...

Juan me encanta esta poesía a tu abuelita, la sonrisa se me salía sola mientras la leía. Creo que los abuelos son personas especiales en la vida de cualquier ser humano, cumplen un papel muy importante. Hace unos días una estudiante me contaba cuando murió su abuela y lloré como una gafa junto a ella. Te felicito por esas palabras tan lindas que le dedicas. Bibi

shiningferiluce dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Vanessa Csernath dijo...

no solo aquellos que sabemos quien fue y como era ella podemos sentir tus palabras...esta dedicacion... mejor imposible

Lucía López V. dijo...

La referencia al osito de peluche me hizo sonreír. Y, de verdad, ¿quién de nosotros no se bañó con manguera en ese patio? :) Qué bueno leer esto, Juan.

Lucía