martes, 23 de marzo de 2010

Estampilla

Salen una, dos interjecciones de tus ojos. Un amplio y claro parpadeo muestra en tu pupila un onomatopéyico ¡Oh!… En un lento y apagado parpadeo, ¡Ah!… No hay palabras ante la evidencia de tus letras, del carteo entre aire y tierra, entre pecho y alma de aquel amor guardado con polvo del pasado, bajo la manta de tu despecho. Letritas bordadas en una almohadilla para agujas, brillan con hilo de plata: Sabes que aún te quiero”.

Se proyecta una sombra y una mano se clava como una estampilla en tu mejilla. No hace falta engomarla, no hace falta saliva. El anillo de graduación, ese que tiene una gran piedra roja con letras grabadas en el aro han dejado la marca eterna del secreto descubierto. Es tu estampilla, la que está adherida al corazón, ni con el golpe se movió. No se despegó ni un poco. Las gotas de sangre refrendan tu pena y las lágrimas lavan la herida, diluyendo la roja falta que emana de tu suave mejilla. Pero ahora la sombra ya no está en tu sala aunque el cuerpo del agresor respire sobre tu cabecita, el golpe lo ha alejado, lo ha expulsado de la cadena que tenías con su nombre alrededor de tu cuello, acariciando tu pecho con fecha de matrimonio dando fe que te quería. La sombra se ha desvanecido pero la estampilla de sangre que palpita en tu mejilla, ahora pegada como nunca a tu vida, esa que no necesita goma ni saliva para estamparla en tu alma, esa misma que se encuentra perdida con sello postal universal viajando por los cielos de la nada. Esa alma que se quedó en el buzón de tu vida pasada, de tu fantasía de niña enamorada, cosida al tic tac del toc toc del corazón desgarrado en jirones, esa sigue con vida, con vivos colores y emanando señales de que en algún lado ese pasado todavía respira.

original de janos65 

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